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Me preguntaban hace unos días, si no hay nada positivo en los diversos panoramas a que me refería en diversos artículos. Pues sí, claro que hay elementos positivos, pero no tienen relación con la corte que nos gobierna y encargada del timón del barco en el que vamos todos. Ese es el problema, o es la desgracia, que el país va a recuperarse a pesar del lastre de los que hacen las leyes, recaudan nuestros impuestos y administran nuestros bienes. A que ya saben a quién me refiero, pues eso, a diecisiete parlamentos y su continente, que aunque desapareciesen de golpe y porrazo, no los echaríamos de menos.
Rafa Cid
La clase empresarial, o para ser menos rimbombante, los empresarios de este país son los que nos van a sacar las castañas del fuego. Y no porque sean ni excesivamente generosos, ni hermanas de la caridad, es simplemente una cuestión que se llama espíritu emprendedor, y que no se vende en farmacias, ni con receta.
La pena es que el trabajo de este amplísimo colectivo que abarca desde el simple autónomo hasta el más grande ejecutivo del que dependen miles de puestos de trabajo, no tenga opción a intervenir en los demás aspectos de la vida que interesa a los ciudadanos como son la promulgación de leyes, la planificación de las ciudades, la utilización de los recursos, la enseñanza o la cultura. De esto se ocupan oscuros personajes que en una gran mayoría de los casos, no ha pisado una universidad ni ha olfateado nunca el olor de la pieza que pretenden cazar.
Con ese bagaje, algunos no servirían ni para representar a su comunidad de vecinos, pero ostentan un cargo público cuyas decisiones y metepatas pueden arruinar o hacer muy dura la vida de muchos compatriotas sin que exista la menor responsabilidad o le afecte en el bolsillo propio.
El empresario que se equivoca se arruina él primero, por lo que se presume al menos de su buena intención en el empeño si no nos sale masoquista.
Y esto, ¿ha sido siempre así? Válgame el cielo que no. Esta es una enfermedad moderna que empezó a fraguarse hará unos 25 ó 30 años, y que ahora atraviesa su mayor momento de pandemia. Una enfermedad para que la primera barrera de choque debería ser la obligatoriedad de cursar carrera mayor a los que pretenden ser servidores públicos, seguida de diversos “master” depuesta al día en asuntos de elemental significación. Pero el corporativismo de quienes deberían optar por hacer real esta opción, hace que todo siga cada vez aceleradamente peor.
Conozco bien el sector del automóvil, motor de muchos países. Efectivamente no son hermanitas de la caridad, pero en todos los ca- Empresarios que nos salvarán sos se mantiene una aceptable ejemplaridad que como poco, mueve la economía. Es además un sector puntero en tecnologías que en muchos casos acaban aplicándose en otras facetas de la existencia, y desde luego va siempre por delante de cualquier ordenanza o legislación que lo regula, por no hablar del valor añadido y de la ingente cantidad de mano de obra productiva que tiene en todo el mundo.
Y también me he interesado por otros sectores que me son totalmente ajenos, y se mantiene en ellos la constante de un gran sentido emprendedor, interés por mejorar, tesón, y ausencia de desaliento ante la adversidad.
Los empresarios españoles se buscan la vida como nadie. Te encuentras a veces con casos que te dejan boquiabierto por la calidad de las ideas y la ejecución de los proyectos.
Pero en todo conviene separar la paja del grano y desechar a los que tratan de camuflarse en la categoría empresarial, cuando simplemente son especuladores sin escrúpulos que sólo piensan en el dinero.
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